La experiencia que viví al ir a la plaza de los mariachis fue un acontecimiento único, debido a que no había tenido la fortuna de convivir con personas que tienen un estatus social diferente al mío; además de que pude rodearme de gente muy alegre y con una historia que contar, en un ambiente muy colorido y peculiar.
Al llegar sentí algo de incertidumbre, pues ese no era el contexto social al cuál estoy acostumbrado. Primeramente me dispuse a recorrer el pasillo apreciando los distintos restaurantes y bares que hay en el lugar, decantándome por el patio tapatío, en donde en compañía de mis amigos, consumí un par de cervezas para apaciguar la sed y entrar en sintonía con el lugar.
Empecé a darme cuenta que conforme pasaba el tiempo el entorno cambiaba de un lugar con turistas y gente transitando por los alrededores, a uno de reunión de personas visiblemente de escasos recursos económicos y algunos infantes que pedían dinero a cambio de un presente o por alguna melodía que se disponían a tocar. Fue algo muy fuerte el ver como niños de alrededor de 5 años deambulaban en un lugar así a esas horas de la noche, tenía curiosidad de saber la historia de aquellos niños, por lo que me dispuse a preguntarles cómo su vida los había llevado a parar ahí.
El primer niño que se acercó a nosotros vendía paletas a cambio de lo que uno quisiera cooperar, le compre 5 para mis amigos y le pregunté dónde estaban sus padres, por qué tenía que estar trabajando en un lugar así siendo un niño. Me contestó que su papá los había abandonado desde que él tenía 2 años, era el tercero de sus hermanos, y debido a esto su mamá comenzó a buscar ayuda, encontrándola con unos señores que le prometieron protegerlos y velar por ellos a cambio de que ellos trabajaran para sus fines y recolectaran dinero. Me dio mucha tristeza al oír esto, la cruda realidad, como esos pobres infantes no tuvieron elección y la vida decidió por ellos el camino que debían de tomar.
No me quedó más que decirle que no se conformará, que sí él quisiera podía salir de eso y ser alguien en la vida, que fuera a la escuela. Le compré algo de comida y para finalizar le hice una pregunta que aclarara la curiosidad que tenía… ¿qué quisieras ser cuando seas grande? A lo que me contestó… ¡policía para poder proteger a mi mamá y mis hermanos! Le dije que no se rindiera y le pusiera todas las ganas para poder alcanzar ese sueño y que por más que se viera como un objetivo difícil de alcanzar, sí se lo proponía llegaría a hacerlo.
Se marchó y para mi ese momento de charla fue revelador, en el sentido de que pude darme cuenta que estos niños por más que estén inmersos en un mundo como el de la sobrexplotación infantil, quizás drogas y maltrato no significa que no tienen sueños, sino todo lo contrario, mantienen la esperanza de que algún día puedan alcanzarlos. Lo anterior me sirvió para sentirme aún más agradecido por tener lo poco o mucho que poseo, por poder asistir a una escuela y trabajar para lograr un futuro, en cierta forma mejor a estar trabajando en las calles por algunas monedas.
A continuación nos movilizamos a la calle Obregón donde se concentró una gran cantidad de mariachis a la espera de que algún carro o transeúnte pidiera sus servicios. Nos acercamos a uno de ellos y le preguntamos el costo por sus canciones, las cuales iban de 50 a 100 pesos, dependiendo de la persona que solicitara su música, ya que confesaron que sí era un gringo o un turista tratarían de obtener una mayor cantidad monetaria, situación que se me hizo incorrecta, puesto que no se debería sacar provecho de una persona que está interesada en conocer una parte de la cultura mexicana, a mi parecer es un trato que a un mexicano no le gustaría recibir en otro país.
No nos pudimos resistir y decidimos ir al bar acompañado de ese gran grupo de mariachi para que nos tocaran las canciones de “Nube viajera, El rey y Mujeres divinas”. Fue una experiencia en verdad increíble, ya que no se compara escuchar canciones tan representativas de México en la radio o computadora, que con el ambiente que genera el mariachi; además que por haber platicado con ellos e interesarnos por su oficio y cómo se desarrolla su día a día nos cobraron más baratas las canciones, costándonos la gran experiencia por tan solo 150 pesos.
Gracias a esta vivencia puede conocer ambientes nuevos e interesantes que posee nuestra ciudad, me permitió extender mi abanico de posibilidades a la hora que desee pasar un buen rato en compañía de mis amigos e incluso mi familia, puesto que la plaza de los mariachis, junto con toda esa gente maravillosa que se desempeña ahí, proporcionan un entretenimiento único y una variante a la monotonía que se puede presenciar en nuestras vidas por seguir un patrón social, y que con esto se llegan a perder experiencias tan folclóricas y divertidas como las de esta noche.
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